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EL CAMINO INGLÉS EN TIEMPOS DEL COVID-19


Por Jorge López

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Un peregrino se toma su último descanso antes de llegar a la Catedral

Un peregrino se toma su último descanso antes de llegar a la Catedral

La primera vez que me animé a hacer una de las rutas del Camino de Santiago salí desde Avilés para realizar parte del Camino del Norte. En esa ocasión, los peregrinos más veteranos me advirtieron que esta experiencia engancha, que quien hace una ruta quiere hacerlas todas. Ahora estoy en condiciones para reconocerles que estaban en lo cierto.

Hacer un camino a pie permite disfrutar de verdad de los paisajes, te da tiempo a descubrir rincones y detalles que de otra manera pasan desapercibidos. Y te das cuenta de la cantidad de sitios espectaculares que están aquí al lado, que podríamos visitar en cualquier día libre, mientras perdemos mucho tiempo y dinero buscando paraísos en otros lugares remotos. Y no es que critique esta última opción, en absoluto, pero creo que ya es hora de poner en valor los tesoros de nuestra tierra y empezar a sacar pecho: no tenemos nada que envidiarle a nadie.

Por eso, y atendiendo a las actuales circunstancias sanitarias, que no incitan a grandes desplazamientos, reservé unos días para completar el Camino Inglés. Sin ánimo de ser exhaustivo, os voy a contar un poco cómo fue la experiencia.

1ª ETAPA: A CORUÑA-HOSPITAL DE BRUMA

A Coruña: iglesia de Santiago y uno de los cañones de O Parrote, con la Torre de Control Marítimo al fondo y las nubes ganando terreno

A Coruña: iglesia de Santiago y uno de los cañones de O Parrote, con la Torre de Control Marítimo al fondo y las nubes ganando terreno

Salí el lunes 6 de julio en una mañana en la que el sol intentaba hacerse paso entre las nubes. Con la credencial sellada en la mochila (podéis conseguirla en las oficinas de información turística de la ciudad), pasé por el punto de inicio del Camino, la iglesia de Santiago, con su estatua del santo presidiendo el tímpano de la fachada principal. Desde ahí descendí hasta el paseo do Parrote, donde retrocedí un poco para fotografíar los cañones que custodian la entrada de la ciudad.

Voy a hacer un inciso para advertiros de un par de cosas. La primera es que no voy a poner más fotos de A Coruña, mi Coru, porque no soy objetivo: estoy completamente enamorado de la ciudad. Por ello, os invito a que os deis una vuelta por la página de Turismo.

La segunda cosilla que quiero deciros es que las fotos que comparto son de móvil y su calidad depende tanto de él como de mi cansancio en cada momento. Por favor, si vais a hacer el Camino, ni se os ocurra llevar una buena cámara salvo que de verdad la necesitéis. Acabaréis lamentando cualquier peso extra.

Dicho esto, continuemos. Dejé atrás las famosas galerías de la Marina y atravesé los jardines de Méndez Núñez, uno de mis lugares favoritos de la ciudad. El camino para salir de A Coruña sigue por Linares Rivas y pasa por las calles Fernández Latorre y Marqués de Amboage, pero yo había quedado con mis compañeros de ruta en la esquina del Polideportivo San Francisco Javier con la Ronda de Outeiro. Desde ahí nos encaminamos al lugar de Eirís atravesando el magnífico parque del barrio.

Pronto encontramos la vieira y la flecha que nos indicaban por dónde seguir en la pared de un edificio. Desde la avenida de Pedralonga no tardamos mucho en divisar la playa de Santa Cristina y en llegar al desvío hacia el Portazgo. Sin embargo, como íbamos distraídos nos equivocamos de camino y llegamos hasta la glorieta previa al Puente de Pasaje. No era gran problema, cruzamos a la derecha para dirigirnos hasta O Burgo.

Caminando en paralelo al paseo marítimo de la ría, donde desemboca el río Mero, llegamos al mojón situado junto al puente romano reformado en el s. XII que une el Burgo con el Temple. La dirección que señala la flecha es algo confusa y tiramos por el paseo cuando teníamos que ir por otro lado. Volvimos sobre nuestros pasos y pasamos por varias calles para abandonar la población y alcanzar el parque empresarial de Alvedro. Un poco más adelante cruzamos el río Valiñas por el puente medieval de A Xira y llegamos al lugar de Sigrás, en el concello de Cambre.

Puente del Burgo y cruceiro e imagen de la ría con el puente al fondo

Puente del Burgo y cruceiro e imagen de la ría con el puente al fondo

Si ya habéis hecho alguna ruta del Camino de Santiago o cualquier otra parecida, conoceréis bien el placer de dejar un rato la mochila para tomarse un breve descanso y un buen trago de agua a la sombra. Y el entorno de la iglesia de Santiago de Sigrás es ideal para ello: tumbados sobre la hierba fresca, nos embriagamos con los olores del campo (todavía no era obligatoria la mascarilla si se podía guardar la distancia de seguridad) mientras disfrutábamos de la agradable música de las hojas de los árboles mecidas por la suave brisa que nos acompañaba aquella mañana.

Iglesia de Santiago de Sigrás y detalle del cruceiro

Iglesia de Santiago de Sigrás y detalle del cruceiro

Lo malo de estos descansos, y más cuando el entorno es de ensueño, es reanudar la marcha. Pero en este caso mereció la pena porque unos kilómetros más adelante, tras cruzar la DP-1702, nos esperaban las bonitas casas de Anceis, su pazo y la fuente de San Antonio. Alguien comentó en mi grupo que era una pena no haber conocido antes todos estos lugares tan cercanos a la ciudad y que tanto merecen la pena.

Continuamos caminando por pistas de asfalto y tierra hasta llegar al lugar de Lameira, ya en el Concello de Carral. Los olores de una famosa panadería pusieron a prueba nuestra voluntad, pero decidimos dejarla atrás para ver si encontrábamos un sitio donde comer, que las tripas empezaban a protestar.

Al poco rato vimos el moderno albergue público de Sergude La calidad y limpieza de sus instalaciones y la agradable acogida de la anfitriona invitaban a partir en dos esta primera jornada y disfrutar de una tarde de relax por la zona, pero decidimos continuar. Para quienes no os veáis capaces de hacer toda la etapa entre Coruña y Bruma, sea porque vuestras piernas no lo permiten o porque vais acompañados de vuestros peques, no dudéis en marcar este lugar como primera parada porque merece la pena.

La hospitalera nos dijo que a unos cuatrocientos metros encontraríamos un bar donde podíamos comer: el estanco Casa Adolfo. Como en esa época todavía no pasaban muchos peregrinos por allí, los pillamos un poco por sorpresa; sin embargo, la encantadora dueña del bar nos propuso un sabroso menú a base de ensalada, huevos fritos con patatas y costilla asada (para mis compis, que yo no como carne) que nos dejó más que satisfechos.

Tanto ella como el camarero, así como unos comensales de la otra mesa de la terraza, nos advirtieron de que el tramo que nos quedaba hasta el albergue era muy duro, con una pendiente considerable durante buena parte del trayecto. Ante tanta insistencia, reemprendimos la caminata sintiéndonos unos humildes habitantes de la comarca camino a Mordor, y más con el sol abrasador que brillaba a esas horas.

No obstante, antes de nada, iniciamos un ligero descenso hacia el río da Brexa. En este tramo bajo el cobijo de los árboles encontramos una bifurcación que no está señalizada. Ante la duda, decidimos seguir recto, pero pronto nos dimos cuenta de que nos habíamos equivocado. Al encontrarnos con una carretera sin ningún mojón a la vista, decidimos desandar ese tramo: teníamos que haber tomado el camino a la izquierda. Poco después de seguir este desvío encontramos el mojón. Es un pequeño fallo en una ruta que, en general, está bastante bien señalizada.

Paso a paso llegamos al concello de Abegondo. Esperábamos hacer un descanso y refrescarnos un poco en el Bar Centro del lugar de Aquelabanda, pero estaba cerrado. Ya no teníamos excusa para detenernos y continuamos hacia el lugar de Calle, el punto de inicio de la parte más dura de todo el Camino Inglés, con un ascenso largo y pronunciado que puso a prueba nuestra capacidad pulmonar y el buen estado de nuestras piernas. Aun así, avanzar espoleados por una leve brisa entre extensos campos de maíz y ante los ojos vigilantes de una multitud de toros (o bueyes, que somos urbanitas y no lo teníamos muy claro) fue suficiente para que el esfuerzo mereciera la pena.

La pendiente era cada vez mayor en un tramo muy bien vigilado

La pendiente era cada vez mayor en un tramo muy bien vigilado

El último tramo de la etapa comienza cuando la inclinación empieza a relajarse. Tras abandonar el arcén de la AC-542, con una estación eléctrica como testigo, dejamos atrás el rego dos Outeiros y llegamos hasta el albergue público de referencia, el Hospital de Bruma.

Para nuestra desgracia, aunque como tiene que ser, los protocolos sanitarios marcan una importante limitación del número de camas disponibles y nos quedamos sin sitio. Tras charlar un rato con el hospitalero y rellenar nuestras botellas, nos encaminamos hacia O Mesón do Vento y la pensión O Mesón Novo. Antes de llegar, nos topamos con un ciruelo rebosante de frutas maduras que nos sentaron como maná caído del cielo. Por si ese árbol es de alguien, que quede claro que solo tomamos las frutas que daban al camino.

En fin, con la sed y parte del hambre saciadas, pronto llegamos a la pensión regentada por una pareja ya entrada en años y muy entrañable. Aunque modesta, la pensión era limpia y agradable, casi tanto como la ducha que nos tomamos antes de ir a cenar al restaurante La Ruta, más que recomendable por el trato amable de la camarera y el total respeto por las medidas sanitarias. Ya en la cama, el sueño nos alcanzó muy pronto. Nos habíamos ganado el descanso.

2ª ETAPA: HOSPITAL DE BRUMA-SIGÜEIRO

La siguiente etapa era bastante más corta y, sobre el papel, mucho más asequible, así que nos lo tomamos con calma. Tras apurar una taza de té en el bar de la pensión, partimos poco antes de las nueve hacia Sigüeiro. Como nos habíamos apartado un poco del Camino, le preguntamos a uno de los dueños del bar por dónde teníamos que ir y tuvo la amabilidad de acompañarnos hasta el desvío tras regalarnos un par de botellas de agua.

Nos despedimos y continuamos por una carretera muy poco transitada rodeada de arboleda y extensos campos de maíz. Atravesamos el lugar de Cabeza de Lobo y muy pronto llegamos a la aldea de Cruz, donde nos topamos con una sorpresa que se asomaba por entre las copas de los árboles: la cabeza de un terrible dinosaurio que trituraba a un pobre infeliz entre sus poderosas fauces. Pero que no cunda la alarma, porque se trataba de una escultura de algún artista local. A su alrededor pudimos disfrutar de otras piezas de arte muy originales que amenizaron ese tramo.

Curiosas esculturas en la aldea de Cruz

Curiosas esculturas en la aldea de Cruz

Continuamos por agradables caminos bajo los árboles y nos encontramos con varias intersecciones, pero la señalización es correcta y, salvo distracciones, no hay peligro de pérdida. En el lugar de A Rúa decidimos hacer una parada en el Café Bar Novo, frente a la casa rural Dona María. Tomamos unos zumos y le pedimos a la dueña que nos sellara la credencial como recuerdo. También en este establecimiento nos encontramos con simpatía y respeto a las medidas sanitarias, algo constante durante toda la ruta.

Tras echarle un vistazo y unas fotos a la iglesia románica del s. XII de San Paio de Buscás, continuamos la marcha. Pronto dejamos la carretera y volvimos a pisar caminos de tierra bajo el cobijo de la sombra de los árboles, algo muy de agradecer en esos momentos en los que el sol empezaba a quemar de verdad. En buena parte de este tramo, además de los mojones y las flechas amarillas, los adoquines nos ayudaron a elegir el camino correcto en los cruces de caminos.

Detalle de los caminos sombreados y de la Iglesia de San Paio de Buscás en A Rúa

Detalle de los caminos sombreados y de la Iglesia de San Paio de Buscás en A Rúa

Durante un buen trecho nos encontramos con carteles que anunciaban la última parada antes de Sigüeiro. Se trataba del bar O Cruceiro, en el lugar de A Calle (Poulo). Paramos allí a comer los bocatas de tortilla francesa que nos preparó la encantadora camarera y fue buena decisión, porque los carteles no engañaban: no encontramos más sitios donde tomar algo durante los catorce kilómetros que restaban para concluir la etapa. Eso sí, cometimos el error de no rellenar las botellas de agua, algo que luego lamentamos.

¿Qué pasa cuando acabas de comer y el sol trabaja a pleno rendimiento? Exacto: la modorra. El grupo se separó por un momento, pues dos querían continuar y otro compañero y yo preferimos buscar algún rincón sombreado para echar una breve siesta sobre la hierba. Pusimos el despertador para quince minutos más tarde, por si acaso, y seguimos tras recuperar un poco el ánimo.

Nos quedaba el tramo que más nos costó de todo el camino, aunque no tanto por su dificultad como por el calor y la escasez de agua. Intentamos sobrellevarlo charlando sobre todo lo humano y divino, pero la ausencia de sombra y la sed no tardaron en agotar nuestras baterías y poner fin a nuestro fluido verbo. En esta última parte de la etapa solo encontramos una fuente y no tenía garantías sanitarias, así que no pudimos beber ni rellenar las botellas. Había que seguir y callar para ahorrar energía.

Tras recorrer durante más o menos una hora un camino paralelo a la autopista que parecía interminable, llegamos al polígono industrial de Sigüeiro. Un breve tramo de asfalto nos separaba del magnífico parque del pueblo, un auténtico oasis en aquel desierto. Como no encontramos ninguna fuente, apuramos un poco el paso para llegar al alojamiento que habían elegido nuestros compañeros, el albergue Camiño Real.

En Sigüeiro no hay albergue público, pero el elegido era estupendo: nuevo, limpio y con total respeto a las normas sanitarias. La única pega que le puedo poner es que el servicio de lavandería no estaba operativo, algo que nos hacía bastante falta. Tras pagar, me rendí a uno de esos placeres sencillos que no siempre somos capaces de valorar; en este caso, beber un buen trago de agua. Después vino la ducha y la visita a una frutería cercana que casi queda sin existencias gracias a nosotros. Fuimos un rato al parque para tomar las frutas tumbados sobre el césped y cuando cayó la noche cenamos en O Café de Manuela. No sé si fue la propia Manuela quien nos atendió o era una empleada, pero lo cierto es que era simpatiquísima y que la cena nos supo a gloria. Ya solo quedaba volver al albergue y apagar las luces.

3ª ETAPA: SIGÜEIRO-SANTIAGO DE COMPOSTELA

Al día siguiente nos encontramos una sorpresa: los hospitaleros nos habían dejado magdalenas y otras piezas de bollería, cada una en su plastiquito y en distintas cestas para cada uno de los grupos que estábamos alojados por razones de seguridad. Esta es la clase de detalles que marcan la diferencia.

Esta etapa es corta y salimos a las nueve de la mañana. Abandonamos Sigüeiro por Camiño Real, cruzamos el río Tambre para llegar al municipio de Santiago y, tras un tramo de carretera, llegamos a una zona arbolada. Pronto nos vimos rodeados de más campos de maíz custodiados por curiosos espantapájaros. Los árboles y helechos nos acompañaron a lo largo del camino hasta que una meiga y un cartel nos dieron la bienvenida a un maravilloso paraíso de carballos, alisos y castaños conocido como Bosque Encantado.

Un bello espantapájaros y los carteles que nos dan la bienvenida al Bosque Encantado

Un bello espantapájaros y los carteles que nos dan la bienvenida al Bosque Encantado

Comenzamos a despertar del hechizo al pisar otra vez el asfalto, y regresamos definitivamente a la realidad cuando llegamos al polígono industrial del Tambre. Aunque es un tramo poco destacable, era el pasillo de entrada a nuestro destino.

Recorrimos Meixonfrío y pasamos por varias calles hasta el Camiño do Chan de Curros, donde ya pudimos ver la Catedral. Sellamos la credencial en la parroquia de San Caetano, atravesamos el parque de Pablo Iglesias, nos cruzamos con los chicos que hacían la EBAU en la facultad de Medicina y Odontología y, tras recorrer una calle casi perfectamente recta, se abrió ante nuestros ojos la plaza del Obradoiro, lugar de descanso de la Catedral y el Hostal de los Reyes Católicos.

Catedral de Santiago, en obras, y Hospital de los Reyes Católicos

Catedral de Santiago, en obras, y Hospital de los Reyes Católicos

Pero era hora de darle al tenedor y buscamos un sitio de comida sencilla y económica. El lugar elegido fue el Via-Stella, en la plaza de Mazarelos. Ensaladas, pimientos de padrón, tortillas y zorza. Todo muy rico, barato y con atención inmejorable en un bar muy bien situado en el que también se puede encontrar alojamiento.

Sin embargo, éramos peregrinos y queríamos ir a un albergue público. Subimos bajo el sol inclemente hacia el magnífico Albergue Seminario Menor, pero por la situación sanitaria estaba cerrado hasta el día 16 de julio. Llamamos por teléfono a uno de los más cercanos y, a pesar de que había que hacer la reserva por internet, como estábamos cerca y tenía plaza nos admitió.

Era el Albergue Porta Real, regentado por un simpático italiano de Milán llamado Luca que nos dio envidia al contarnos su ruta hasta Santiago partiendo desde la Toscana. Aunque no es un albergue demasiado grande ni tampoco de los más nuevos, estaba limpio y era acogedor. Ya solo quedaba ducharse, descansar un poco e ir a descubrir la magia de cada uno de los rincones del monumental casco viejo de Santiago.

Y esa fue nuestra experiencia por el Camino Inglés en tiempos del Covid-19. Si os preocupa que se respeten las medidas sanitarias, no temáis, porque los responsables de todos los bares, albergues y tiendas que visitamos las guardaban con escrúpulo. Además, descubriréis sitios increíbles en la propia ciudad de A Coruña, durante toda la ruta y en la capital gallega. Y, por último, os cruzaréis con un montón de gente interesante y amable. Esta ruta es ideal para desconectar durante unos días y, si se os hace corta, siempre tenéis la opción de prolongarla hasta Finisterre.

No busquéis más excusas y sentid el subidón de ver vuestro nombre en latín embelleciendo la Compostela. ¡Ánimo!

Compostela

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